¿Desde dónde mirar para construir un mundo mejor?

Por Ligia Bedolla Cornejo

El 2020 fue un año caótico y crítico en muchos sentidos, fue un año que nos descolocó como sociedad, algunos probablemente entraron en estado de shock o en modo de respuesta automático, otros simplemente no pudieron parar y continuaron buscando opciones para sobrevivir en esta crisis y otros tantos tuvieron la oportunidad para reflexionar y dialogar. 

Es en este último punto donde me detendré, si bien estamos en un momento de saturación mental con la cantidad de información que procesamos todos los días, hubo algo positivo (y mucho diría yo) del 2020: fue un año en que se detonó a gran escala la conversación. El espacio virtual se convirtió en “el” espacio para tener conversación: escrita, hablada, cantada, actuada, bailada, hubo cabida para todo. Sí, creo que a pesar de todo aprendimos a valorar la posibilidad de dialogar. 

Es maravilloso ver lo ocurrido. A pesar del ruido buscamos espacios para escucharnos. Aparentemente, la tecnología nos puso en igualdad de condiciones. 

Lamentablemente mi visión optimista duró muy poco, ¿en realidad estuvimos en igualdad de condiciones para conversar y escuchar? Sabemos que no. 

La realidad fue y es distinta, no todxs tuvieron (ni tienen) el tiempo para detenerse a conversar, otrxs no encontraron los espacios, otrxs no contaron con el acceso, a otrxs se les negaron y a otrxs simplemente los invisibilizamos en esta conversación. 

Éste es el punto crítico donde me detendré: ¿con quiénes solemos conversar para pensar un mundo mejor? ¿Desde qué miradas lo hacemos? ¿Desde qué posiciones? ¿De qué depende con quién conversamos y con qué fin? ¿Cómo son nuestras conversaciones? ¿En realidad sabemos escuchar y tratamos de ver el mundo desde otras perspectivas? ¿Somos capaces de confrontar lo que creemos con tal de comprender al otrx?

En este 2020 muchos conversamos, muchos nos dedicamos a pensar cómo solucionar y mejorar el mundo, pero resulta que esa conversación también fue y es un privilegio. 

Y entonces, ¿quiénes son los que conversan? ¿Sobre qué conversan y para qué? ¿Desde qué miradas lo hacen, con qué historias y desde qué contextos para proponer ese mundo mejor? ¿Cuáles son las conversaciones que trascienden? ¿Cuáles son las que se escuchan? ¿Cuáles son las válidas y las aceptadas?

Resulta que también tenemos que cuestionar nuestro conversar.

Son muy pocos los que se interesan por escuchar y comprender las miradas, las voces y los sentires de los que no han tenido el tiempo para conversar, de los que no han contado con los accesos o no han encontrado los espacios o de los que han sido invisibilizados y vulnerabilizados. Porque para escuchar y comprender se requiere tiempo, disposición para confrontar lo que “sabemos”, lo que “sentimos” y eso es de lo que muchos carecemos. 

En este mundo acelerado no hay tiempo, hay que solucionar, hay que actuar,  lamentablemente la solución muchas veces lleva el velo de una sola forma de entender el mundo, la que nos ha atravesado y dominado por años, la que nos ha llevado a este punto crítico. 

Celebro nuestro conversar, lo necesitamos, pero quitemos de nosotros la obsesión inmediatista y espontaneísta de solucionar. Necesitamos tiempo para escucharnos, para comprender las distintas miradas de nuestro mundo, necesitamos desacelerarnos para encontrarnos. 

Ese mundo mejor no será resultado de una solución, sino la construcción plural, justa y digna de muchos mundos. Porque el gran mundo mejor será donde quepan todos los mundos y todos podamos conversar.

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