El Centenial en busca de sentido (Parte I)

Por Mario Gómez – autor invitado

“Cuando yo tenía tu edad ya me había comprado mi primer coche y además empecé a pagar mi escuela porque ya no me daban dinero, y eso que iba en el ITAM”.

Esta fue la única respuesta que recibí después de los peores meses que he tenido en mi trayectoria académica, en la que pasaba por una crisis de depresión y no estaba seguro de si la carrera que había elegido era la correcta. A mis 21 años me sentí fulminado y aterrado por el pensamiento de lo que sería mi futuro, ya que, a pesar de haber superado el calvario de entrar a una universidad, sentía mucha incertidumbre en cuanto a qué pasaría al terminar la carrera y qué seguiría después.

Para las generaciones jóvenes de hoy en día es difícil pensar en el futuro, vivimos en una sociedad llena de estímulos y de contradicciones en la cual es muy difícil detenerse a preguntarse en dónde aterrizar.

Se nos plantea la idea de que la educación es la llave para tener en un futuro una estabilidad económica y personal, pero no todas las personas tienen las mismas oportunidades en algo tan básico como puede ser la educación y a esto se suma al hecho de que si fuiste de los afortunados que tuvieron acceso a una educación básica, media superior y superior debes enfrentarte contra un mercado laboral cambiante e injusto para muchos de los nuevos profesionistas, sin mencionar que esto se ve acrecentado por un sistema con múltiples fallos y ambigüedades dentro de sus fundamentos.

Tuve la fortuna de crecer en el seno de una familia de clase media, a pesar de esto y de que mis papás asistieron a universidades privadas, cuando concluí mi bachillerato me plantearon lo que sería mi situación futura, ellos no tenían dinero para pagarme una universidad privada por lo que sí quería seguir estudiando tendría que ingresar a una universidad pública o en su defecto aplicar a alguna beca, ahí fue donde me encontré con la difícil realidad de la educación superior en México.

Solamente el 10% de los alumnos que presentaron su examen de admisión fueron aceptados, cuando en 1991, hace 30 años, se tuvieron aproximadamente 45,000 aspirantes de los cuales más del 60% ingresó.

Tan sólo en la UNAM en el 2019 se presentaron aproximadamente 150,000 aspirantes de los cuales solamente obtuvieron un lugar en la máxima casa de estudios 15,000. Estamos hablando de que solamente el 10% de los alumnos que presentaron su examen de admisión fueron aceptados, cuando en 1991, hace 30 años, se tuvieron aproximadamente 45,000 aspirantes de los cuales más del 60% ingresó. Si queremos agregar a mi alma mater la UAM y a el IPN estamos hablando de que al comparar cifras de cada cien personas que presentan su examen de admisión sólo 42 ingresan y esto sin tomar en cuenta que una persona fuera seleccionada para más de una de estas instituciones, en dado caso este número sería menor.

En cuanto la educación privada nos encontramos con un panorama un poco más desgarrador, es de conocimiento que en México la mayoría de las universidades privadas funcionan como negocio, donde en su mayoría puede que los costos no sean tan elevados pero la calidad educativa deja mucho que desear, también en la otra cara de la moneda tenemos a las universidades que cuentan con un mejor nivel educativo, pero en donde el costo se ve acrecentado de una manera estratosférica.

En México el estudiar en una universidad privada oscila entre los $15,000 dólares y los $50,000 dólares, en contraste el salario mínimo mexicano es de $2,600 dólares anuales y para la clase media en es un aproximado de $9,600 dólares anuales por lo que no sería plausible para la mayoría de la población el acceder a una de estas instituciones inclusive cuando muchas de estas universidades tienen a más del 40 por ciento de su matrícula becada.

Es necesario mencionar que en México el promedio de escolaridad es de poco más de la secundaria y que la principal causa de deserción escolar es por razones y motivos económicos, por lo que el número de personas que puede aspirar a tener una educación universitaria es una minoría.

¿Y después de terminar la carrera qué? ¿Cuál es la realidad que enfrentamos muchxs jóvenes al salir al mercado laboral? Es necesario mencionar que, si tomáramos la inversión de estudiar una carrera, en la mayoría de los casos veríamos que su tasa de retorno no es favorable. En nuestro país una cifra importante de carreras se encuentra mal pagadas o muy saturadas y esto sumado al cada día más creciente trend del gig economy, lo cual genera situaciones desfavorables y limita las oportunidades de trabajo digno, cada día se vuelve más común la tendencia del job-hopping1 lo que inhabilita la oportunidad de crear antigüedad en una empresa y tener acceso a muchas de las prestaciones o beneficios que esto conlleva, sin mencionar que en realidad ya no tendremos acceso a las pensiones.

Parece ser que por lo menos en México la correlación de educación y nivel de vida está al revés, en lugar de que una buena educación genere un mejor nivel de vida, tus oportunidades económicas condicionan el nivel y la calidad de educación que puedes recibir. Todo lo mencionado se ve acrecentado por la incertidumbre de la crisis económica global causada por la pandemia que estamos atravesando.

1 Tendencia al alza en el mercado laboral que hace referencia a los profesionales que cambian de trabajo con bastante frecuencia y de manera voluntaria. Personas que buscan nuevos retos laborales y rara vez se asientan en una compañía.

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