El estilo de vida: una posibilidad desde el privilegio

Por Ximena García Ituarte

El estilo de vida de las personas está condicionado por muchos factores estructurales (condiciones ajenas a la decisión del individuo) que de una y otra forma definen las posibilidades de desarrollo de cada persona. El lugar donde “eliges” vivir, la comida a la que puedes acceder, los cuidados de salud que puedes tener. 

Señalar las formas de vida de una persona o una comunidad necesariamente tendría que estar acompañado de procesos de reflexión críticos respecto al lugar que ocupan las personas en la sociedad, su historia, sus costumbres y tradiciones, así como las oportunidades con las que cuentan en los diversos contextos de su vida.

Los estilos de vida que prometió la modernidad están reducidos a pocas personas, aquellas que están en una posición de privilegio. Sin embargo, ¿tendríamos que seguir aspirando a esos estilos de vida? Nosotros nos cuestionamos: ¿otras formas y estilos de vida digna son posibles? ¿Formas y estilos de vida que estén en armonía con la naturaleza y con la justicia, la dignidad de todas las personas y comunidades? 

La promesa de la modernidad empujó a miles de personas del campo a la ciudad, la gente renunció a su cachito de tierra, en donde tenía posibilidades de sembrar, cosechar y consumir alimentos fruto de ese trabajo.  A pesar de las dificultades de acceso a servicios como la educación oficial en contextos rurales, se tenía la posibilidad de tener una sabiduría propia de la convivencia con la naturaleza, con la familia, con la comunidad con la que entablaba relaciones de sobrevivencia, desempeño lógico y de aprendizaje ancestral heredado. También, la salud, vista desde otra óptica y con otro tipo de protección, el desconocimiento del estrés, de las multitudes, de la medicación exagerada, eso que permitía que de forma automática en el campo fuera posible desarrollarse saludablemente; el río como acceso al agua; la vivienda, sencilla, pero con lo que se puede y con lo que tiene que haber, de acuerdo a las necesidades de la zona. Otras formas y estilos de vida son posibles, desde otra lógica distinta a la de la modernidad. 

La urbanización del mundo, como fenómeno de modernización, ha roto con la lógica de las construcciones sociales heredadas por generaciones, aventó y expuso en un periodo muy corto de tiempo a la gente a realidades desconocidas, arrancando de golpe las tradiciones de socialización y desarrollo de millones de personas, que en muchos casos se ha traducido en la negación de las personas para la participación en procesos políticos y sociales.  

El proceso de industrialización y comercialización de la agricultura también expulsó a miles de personas del campo, a  cambio de todo esto la modernidad prometió el progreso, un progreso que ofrecía comodidad, consumo, acceso a servicios (agua, luz, calles, salud), el acercamiento a la tecnología, a la democracia. Sí, se podría tener todo accesible en la vida de las ciudades, tener estilos de vida acordes a la modernidad, pero esa promesa se fue diluyendo con mucha rapidez y quedó la idea infinita de poder lograrlo, lo seguimos viendo y lo seguimos viviendo con la migración, fenómeno que en la mayoría de los casos viene acompañado de marginación y segregación. Al parecer el estilo de vida de la modernidad sigue siendo solo privilegio de pocos e ilusión de muchos. En lugar de encontrar y tener la posibilidad de elegir, la gente llegó y sigue llegando a las ciudades a situarse en las periferias, lejos de los que disfrutan de los privilegios de la época, de los que deciden qué estilo de vida tener, llegan en su mayoría para servir a los que están mejor posicionados que ellos, en los trabajos, en los hogares, en los empleos. 

La emigración a las ciudades se ha incrementado siempre con la promesa de una vida mejor. La ilusión infinita de elegir un estilo de vida. Lamentablemente esta emigración masiva solo multiplicó a la gente atrapada en zonas específicas de las ciudades muchas veces sin acceso a servicios dignos, lejos de los centros políticos, económicos y sociales, lo que sigue reproduciendo las discriminaciones potenciadas en la forma de vida.  

Y entonces, los estilos de vida sí, son un privilegio. 

Sería útil cuestionarnos cuál es la oferta de la modernidad, si esa oferta aparece igual para todas y todos, y finalmente confrontar las ideas que nos hemos formado de esta promesa frente a la realidad que se nos impone.

Otras formas de vida son posibles.

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