Percibir la salud como un derecho humano: emergencia mundial

Por Yuriria Pérez Vigueras

En estos últimos 15 meses, nuestro país, como el resto del mundo, ha estado librando uno de los retos más grandes de toda la historia: sobrevivir al coronavirus. Se ha vuelto el centro de nuestras conversaciones, ¡y con razón! No es cosa menor un bicho que ha venido a modificarnos la vida completa: cómo utilizamos los espacios, públicos y privados; las rutinas que tuvimos que cambiar radicalmente; los hábitos sociales que hubo que mover o de plano, eliminar; las transformaciones a nuestra manera de trabajar (o de ser productivos).

Quizás al principio lo vimos como algo que se iría pronto; muchxs de nosotrxs podemos recordar la crisis de la influenza en México en el 2009 y esperábamos resultados similares: dos o tres meses, máximo, y estaríamos de vuelta a la normalidad. Tras este lapso, sabemos que eso que llamamos volver a la normalidad, no sucederá. La crisis del coronavirus ha venido a señalar de manera contundente el fracaso de nuestra organización social, política y económica. No es únicamente una crisis sanitaria.

Sin duda alguna, la salud de las personas es la principal afectada. En este 2021, de acuerdo a datos de las autoridades de salud, se registró un incremento del 12% en la tendencia de casos de COVID-19 a nivel nacional, entre las semanas 23 y 24 del año, según reportó el portal de noticias Animal Político. Con eso, se suma un total de 2.5 millones que han sido infectadas desde que inició la pandemia. Pero la salud no es un tema médico nomás.

2.5 millones son un montón de gente. Hemos tenido muchas pérdidas humanas y graves afectaciones a la salud de las personas que se contagiaron y sobrevivieron. Lamentable, sin duda, pero ¿inevitable? No en todos los casos. Aquí conviene señalar muy críticamente cuántas personas murieron en sus casas o en la calle, porque no tenían ningún tipo de seguridad social que les garantizara su lugar en un hospital.

Y aún así, ¿cuántas personas se quedaron sin una cama, porque simplemente no había cupo en ningún hospital? Con todo y su dinero, con todo y sus seguros de gastos médicos. Y de estos últimos, ¿qué tan protegidxs estamos con esas aseguranzas? ¿Podemos con el deducible? ¿Podemos contra las letras chiquitas de los contratos que muchas veces en una situación de enfermedad hacen que nos quedemos desamparadxs? Es más, ¿podemos costear la prima del seguro? ¿Qué tenemos que cambiar de esos esquemas, para que efectivamente, se cuide a las personas por igual y no sólo en función de su capacidad monetaria? Ya lo vimos bien con el COVID-19: el dinero no siempre nos podrá salvar la vida. No nos salvará tampoco cuando hayamos acabado con los recursos naturales.

Vale la pena cuestionarnos qué tanto hemos desvinculado la salud de las personas de la salud de nuestras sociedades y nuestro medio ambiente. Tenemos que empezar a unir los puntos y dejar de verlo como algo aislado. ¿Qué se hace en materia de prevención, pero qué se hace también para garantizar a todas las personas un acceso gratuito y eficiente a esta salud, la preventiva y la de reacción? Esta crisis sanitaria desvela la grave crisis de derechos humanos que atravesamos desde hace años; seamos empáticxs y miremos la pandemia desde esa óptica.

¿Queremos volver a la “normalidad”? No. No volvamos. Mejor aprendamos, con compasión y humildad, las lecciones que estas circunstancias nos arrojan ya desesperadamente. Reflexionemos, reinventemos y reconstruyamos.

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